Martes 25 de abril de 2017. El contexto habla de tiempo electoral, pero a diferencia de procesos anteriores, éste no se siente como tal. Todo esto en marco de la que dicen, es la elección estatal más importante de nuestro país.
19:55 horas, cinco minutos antes de la ocho de la noche. En la perifería de la sede del debate y edificio que alberga al árbitro de la democracia en el Estado de México, habían medios de comunicación, manifestantes, encapuchados y hasta una huelga de hambre; al final, una estampa de nuestro México.
En punto de las ocho de la noche, arrancaba el show político, eso fue, más que un debate. Se presentaban ante el auditorio cinco candidatos de las alianzas y partidos políticos, además de una -la primera- candidata independiente.
La estructura del «debate», pactado por los representantes de los institutos políticos y la candidata independiente, es una muestra clara de la cultura de la mediatización de la política. Los espacios públicos y políticos pasan a ser comercializados en forma de entretenimiento, de aparadores, de escaparates; mismos que buscan elevar el raiting, venderse, olvidándose de la idea de presentar las propuestas -ya ni siquiera viables- de lo que piensan hacer los aspirantes una vez ocupen el poder.
El formato, distribuido a través de tres grandes temas no dejó ver más allá de las descalificaciones y las estadísticas vagas, convirtiendo todo en spot de televisión de larga duración. Una vez más, los ciudadanos estamos a la deriva.
Datos, fotografías, cifras, cheques e informes de auditorías flotaban sobre las manos de los aspirantes, convertidas en aquellas herramientas para arrojar los defectos del contrario y sacar a relucir las virtudes propias, todas apegadas a «la realidad».
La era de la información ha creado con ella una serie de nuevos espacios públicos delimitados por si mismos, que sin embargo, confluyen entre sí; la información viaja con tal velocidad que un meme surge casi de inmediato después de algún titubeo de los candidatos. Entre la dinámica, gran cantidad de información circulaba. Era abrumador. En mis redes, gente de otros estados incluso estaban al pendiente, sin embargo, nos quedamos esperando.
Al final, la decepción. El que en el deber ser se postularía como el espacio idóneo para fomentar la tan golpeada democracia, se convirtió en una partida de poker.
Una partida de poker entre seis suspirantes que conocían su mano y sin embargo no supieron jugarla; con un crupier periodista más interesado en la polémica que pudiera desatar una réplica, que en la verdadera esencia del ejercicio.
Una partida de poker, bien organizada en la que estamos apostados todos a los que nos tocó vivir aquí.
Al final pasó lo mismo de siempre, simulaciones y cámaras fijas, otra vez cuidando al político del ciudadano.
Al final, la candidata del blanquiazul desperdició su momento para enfrascarse en descalificaciones y se dejó guardadas sus propuestas, a excepción de su millón de empleos que se dedicó a repetir tanto como la frase «el primo de Peña Nieto» y «Delfina, le quitaste sus salarios a tus trabajadores».
El candidato del partido en el poder hizo una pelea estudiada, como un boxeador con una meta clara, sin embargo, sufrió golpes certeros que casi lo envían a la lona y no puede moverse con soltura sin golpear a su primo en segundo grado y al gobernador en turno oriundo se Ecatepec.
Del candidato que regresó de trabajar sin documentos en EEUU me sobra decir que se vio lento, tal vez, la ventana nacional en un medio de comunicación con alcances internacionales le tentó más y se mostró más suelto. Esta vez para mí, quedo a deber.
De la maestra Delfina no me queda mucho que decir, sus titubeos exagerados y los nervios deslucieron a la «flamante» ungida por la nueva «esperanza», haciéndola ver mal frente a las cámaras, quedando muy corta en argumentos y sin propuestas claras, además, según los twiteros, faltaron sus gatos.
Oscar olvidó por completo su papel en el PT nacional y se puso el traje de mexiquense indignado y pulcro -ojo, sin propuestas, tampoco-, más allá de los escándalos que se le conocen y jugó muy al estilo Trump, aún así, le faltó fuerza.
La candidata independiente, la Sra. Castell, desaprovecho su vitrina importante para llegarle a más mexiquenses, leyendo las notas y olvidando uno de los factores que pudieran ser su ventaja, el repudio al sistema partidista. Los reflectores la cegaron.
En general, «el debate» se convirtió en la serie de spots más largos de lo que va de la campaña. En una partida de poker de la palabra, en donde perdieron todos, perdimos todos.
Esperemos cortar con la tradición del homo videns, de la que escribió alguna vez Sartori...
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